BUSCANDO LA INSPIRACIÓN

Siendo consciente  que actualmente, podemos encontrar cualquier información con solo un click, puedo decir que esa avalancha de lecturas como: recomendaciones, videos DIY, recetas súper rápidas y sencillas, remedios caseros para absolutamente todos los males y demás artículos buenos y no tan buenos, es simplemente abrumadora.

Es vergonzoso ver la misma frase célebre, perteneciente a un reconocido autor, ser adjudicada a cualquier otra persona, o esa cantidad de noticias escandalosas y falsas que se comparten a diestra y siniestra, sin siquiera detenerse a analizar de qué se trata, o esas cadenas horrorosas que te mandan al infierno si no las reenvías dentro de los próximos 10 minutos.

Es por esto que no comparto frases célebres, a menos que la haya visto con mis propios ojos en algún libro, igualmente las noticias escandalosas y amarillistas no forman parte de mi repertorio, pues ya tenemos suficiente negatividad en lo cotidiano, como para añadirle ese toque de morbo totalmente innecesario.

En el mar de información que es Internet, en conjunto con las redes sociales y hablando de la capacidad que tenemos de diferenciar lo útil de lo inútil, es muy probable que nos confundamos, que sigamos cuentas que realmente nos llevan a creer en cosas que  no están bien, que sigamos consejos que no nos aportan nada positivo o que afecten directamente nuestro modo de ver la vida y de abordar un problema para encontrar la solución.  Esto incluye igualmente los mensajes, o cualquier otra cosa que nos inspire hacer un comentario y luego publicarlo. Y a este punto es al que quería llegar…

Atendiendo a la sabiduría popular: “lo que siembras, cosechas”, o “el que siembra vientos cosecha tempestades”, “lo que das al mundo, regresa a ti” y un largo etcétera, pienso que es momento de analizar un poco sobre lo que nos inspira.  ¿Hemos pensado alguna vez detenidamente en qué es lo que realmente nos inspira? ¿Nos hemos detenido a admirar con toda la atención alguna cosa en la naturaleza? ¿Una flor? ¿el cielo azul? ¿las nubes de una tormenta? Es ese tipo de cosas, lo que nos permite crear, crecer, admirar y expresar de la manera que escojamos, nuestra gratitud, admiración o amor. Y el producto de nuestra admiración, ¿qué efecto tiene? en nosotros o en los que nos rodean.

Pues bien, si toda acción tiene una reacción, debemos pensar muy bien antes de transmitir algo al universo, especialmente nuestros comentarios. Dicen que las palabras se las lleva el viento, no necesariamente es así, si esas palabras fueron dichas para herir, aunque se las haya llevado el viento la herida perdurará. Y no pasa lo mismo con lo que publicamos en las redes sociales, porque aun cuando todo se actualiza, todo cambia y todos los días hay un tópico nuevo, queda el efecto de la intención con que fue publicado.

Podría ser que muchas de las publicaciones, de inspiración propia son una especie de catarsis, es válido, cada uno busca hacer lo que le hace sentir mejor. Sin embargo, si estamos conscientes de que nos hace daño y daña a alguien más, deberíamos solo por un momento, parar y preguntarnos si estamos buscando la inspiración en el lugar correcto.

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ESOS DÍAS LLAMADOS LUNES…

Con el uso de las redes sociales, la posibilidad de comunicación inmediata, el acceso indiscriminado a la información, la necesidad compulsiva que la mayoría tenemos de compartir todo lo que nos parece interesante, importante o divertido, hemos llegado al punto (corrijo: he llegado) a un punto llamado Hastío. Es cierto que hay cosas muy interesantes y chistosas, pero llega un momento en que todo cansa, por repetición, por sobredosis, por exageración, un ejemplo reciente: la canción Despacito, no digo más, porque eso da para otra reflexión.

Hay varios temas recurrentes en esto de los mensajes, memes, fotos, videos que somos tan fanáticos de compartir.  Sin embargo, en esta ocasión quiero tratar acerca de uno en particular: el lunes. Hay infinidad de mensajes acerca del día lunes: “Mañana es lunes, el peor día de la semana”, “A trabajar, que es lunes”, “Odio los lunes”, “Debería haber un día más entre el domingo y el lunes”, “Otra vez lunes”, “Eres como el lunes, nadie te quiere”, “Dime que mañana no es lunes, por favor” y un largo etcétera de mensajes similares, que por supuesto van acompañados de distintas caras, de dolor o de burla, según sea el caso.

Entonces haciendo una comparación con los días lluviosos, que también son blanco de quejas y de expresiones tales como: “Qué día más feo”, “Qué triste la lluvia” y similares, me pregunto ¿es que acaso no son días como cualquier otro?, ¿qué o quién dijo que son peores que los demás días?, ¿Por qué debo lamentar que sea lunes o que llueva?

Entonces tuve una revelación, cada día lleva la connotación que nosotros queramos darle. Si decidimos que es un mal día, será un mal día, si pensamos que es triste, será triste, si pensamos que será un día difícil, lo será y así sucesivamente. Tenemos el poder de decidir cómo enfrentarnos cada día. De nosotros dependerá al fin cómo será ese día, esa semana, ese mes, ese año…nuestra vida. Independiente de los sucesos que nos ocurran, hablando de la cotidianeidad, solo nosotros podemos hacer que un día cualquiera sea el mejor: disfrutando de un día lluvioso, haciendo lo que nos gusta, sonriendo, saboreando cada momento que nos es permitido vivir, respirar, ver. Hay tantas cosas maravillosas por hacer, por descubrir, que es realmente un desperdicio, dedicar tiempo, nuestro valioso tiempo, a cosas que nos hacen sufrir o que nos hacen mal, que nos corroen el alma.

De ahora en adelante, debemos preguntarnos, antes de enviar todos esos mensajes negativos o desalentadores, si realmente es lo que deseo compartir, con la gente que me importa, con la gente que aprecio, con la gente que quiero, con las personas que me rodean.

Mi recomendación es tener siempre presente la frase: “Hoy es un buen día para tener un gran día” y eso my darling, está en tus manos.

Con cariño,

Paula

CUANDO DEJAS ENTRAR UN SIMIO EN TU CASA

Enamorarse es una de las experiencias más agradables de la vida.  Hay factores que pueden hacer esa experiencia aún más maravillosa y aunque esa historia no termine siendo un “felices para siempre”, deja una enseñanza y ese es el valor que va a tener en nuestra vida.  Y si esa persona resulta ser el indicado o indicada pues cuanto mejor.

Sin embargo, el problema es cuando te fijas en la persona equivocada, eso es similar a dejar entrar un simio a tu casa: lo revuelve todo literalmente, tanto a nivel físico como espiritual. Va tirando lo que encuentra en su camino, sin importar las consecuencias de sus actos, de sus movimientos. Cambia las cosas de lugar, juega con todo lo que cae en sus manos, hace gracias y necesita que todo el tiempo le aplaudan y celebren sus hazañas.

Aquí debo decir que la comparación con el simio, a veces va mucho más allá de la metáfora, pues esa persona equivocada literalmente parece y se comporta como un simio. Un simio que necesita ser el centro de atención, que necesita ser atendido, que no es capaz de decidir qué ropa ponerse, que no es capaz de ponerle mantequilla a su propio pan, que llora porque ha sentido o imaginado cierta actitud de desprecio hacia él. Espera ser querido, sin embargo hace daño y luego se hace la víctima y llora.  Este tipo de persona no es capaz, ni por un segundo de pensar en las consecuencias de sus actos, muchas veces premeditados y bien planeados y mucho menos está en condiciones de hacerle frente a esas consecuencias. Este personaje simplemente “cae en la órbita” de los demás, dejando así el margen para justificar sus actos, diciendo que todo lo que hizo fue por una influencia externa, lo obligaron: el jamás quiso.

Y así este personaje se convierte, luego de ser el simio de las gracias, en un pelele que no tiene capacidad de discernir entre el bien y el mal, que es arrastrado por corrientes ajenas a un abismo al cual no quiere llegar, que es una pobre víctima de los deseos de los demás, un mequetrefe sin voluntad propia que se escuda en el llanto y el sufrimiento, para no enfrentar el resultado de sus mentiras.

Es indescriptible el gozo que puedes llegar a sentir cuando ese simio desaparece de tu vida. Luego de una experiencia como esa solo puedes agradecer, las enseñanzas que te dejó, las experiencias vividas, pero sobre todo la libertad, el aire puro y limpio que puedes respirar, cuando ese aliento asfixiante ha desaparecido al fin.

Lo único que puedes pedir es que el zoológico en el cual se encuentra actualmente, lo tenga a buen recaudo.

 

Porqué avergonzarnos de nuestros orígenes

Una de las bendiciones recibidas en la vida y que agradezco enormemente, fue la oportunidad de estudiar en el extranjero.  No todo el mundo puede acceder a esa posibilidad y aunque las condiciones no fueron siempre las mejores, la experiencia y las enseñanzas recibidas durante esos años, superan enormemente lo que uno podría aprender solo en un salón de clases. El tener que convivir con personas de distintas nacionalidades, te hace apreciar más y a veces hasta cuestionar aquello que nos es tan familiar.  

 En una ocasión, un compañero africano nos preguntó a mí y a un grupo de panameños, ¿cuál es su lengua materna?, todos contestamos que nuestra lengua materna es el español, algo que parecía muy obvio, nos reímos ante esa pregunta.  Después de un momento nos dijo: No puede ser el español, ese idioma es el de los colonizadores que llegaron a América, los americanos (refiriéndose a los pueblos originarios de América, en general) deben tener un idioma distinto. 

 Luego de este episodio, como es de esperarse, vino mi reflexión y sentí vergüenza. 

 Vergüenza propia, íntima, ancestral, porque desconozco cualquier lengua de alguno de mis orígenes, desconozco costumbres, tradiciones, comidas y cualquier cosa relacionada con los pueblos originarios de los cuales soy descendiente. Porque soy una mezcla, de padre panameño y madre chilena, abuelo paterno colombiano, abuela paterna, cuyo padre era oriundo de las selvas de Coclé y madre jamaicana, abuela materna del sur de Chile, abuelo materno de Santiago, Región metropolitana de Chile; tengo de donde escoger y mucho de lo cual enorgullecerme. Y yo soy todo eso.  Sin embargo, no conozco ninguna de las lenguas originarias, esas lenguas, costumbres y tradiciones se perdieron en los siglos de colonización.

 De todos estos pueblos,  no se más de lo que se puede saber por  libros,  rumores, creencias populares y publicidad. Que los indígenas Gunas hacen las molas, que tenemos una isla para cada año en el archipiélago que ocupan, que los Ngäbe Bugle tienen los vestidos coloridos largos de confección propia, que cuentan con su comarca, que son áreas de difícil acceso, que tenemos cinco comarcas en Panamá. 

Que los Mapuches en Chile luchan por sus tierras, que existieron pueblos como los Tewelches, Selk’nam, Pikunches, Cuncos y Changos,  que fueron exterminados por el deseo de llevar el progreso hasta aquellos confines, donde quizá no era necesario, porque el concepto de riqueza que tienen estos pueblos, es muy distinto al que conocemos. Que algunos de ellos tenían en común la lengua Mapudungun, que significa “Habla de la tierra” y actualmente la hablan los mapuches. 

 El significado de Mapuche en esta lengua es “Gente de la Tierra”, que es un buen recordatorio de que todos somos hijos de la misma tierra. Si la ignorancia de algunas personas, pretende utilizar el término mapuche como un insulto,  pues no hace más que confirmar aquel dicho que dice:  “De lo que abunda en el corazón habla la boca” 

¿No somos todos Gente de la Tierra?, ¿la sangre que corre en nuestras venas no es del mismo color? 

Soy Mapuche y estoy orgullosa de serlo.

 

Revolución

Las revoluciones son necesarias. Todas son distintas, pero son necesarias. Bendito es el momento en el que descubres que algo debe cambiar y bendecida eres cuando reconoces que ese cambio está en tus manos. Algunas veces hacemos cosas que parecen correctas, pero con el pasar del tiempo, entendemos que no es así, que no porque para otros haya funcionado, deba funcionar para nosotros. Y para esto existen las revoluciones, internas, masivas, sangrientas, tristes, individuales, largas, fulminantes, lentas, agresivas, la que sea… ese momento en el que sabes que lo que digas o hagas, esas palabras que salen desde el fondo de tu corazón o esos actos hechos con pasión, cambiarán todo. Hace falta valor, mucho valor y no todos somos capaces de esos actos valerosos siempre.

Sin embargo, durante nuestra vida tenemos muchas oportunidades de revolucionar algo,  las oportunidades están ahí para ti, tú decides si tomarlas o dejarlas pasar.

Una revolución individual, interna no es menos importante que una masiva, ya que el resultado al final influirá en tu vida y en la vida de aquellos que te rodean.

La revolución puede cambiarnos física, mental, espiritualmente, en cualquier ámbito es de incalculable valor el cambio que se logra, una vez hayamos tomado la decisión de hacerlo.  A veces los cambios, las despedidas, los fines duelen, ese dolor es necesario y útil, nos ayudan a crecer, nos hacen ser las personas que debemos ser.

El ser auténtico que somos, solo nace del aprendizaje y resurge una y otra vez, de las situaciones que lo obligan a avanzar, creciendo, afirmándose, haciéndose fuerte y valiente, evolucionando. Como todo lo bueno, por momentos es difícil y no todos estamos en capacidad de lograrlo, por distintos motivos: miedo, soberbia, envidia, hasta dolor, razones, motivos y excusas hay muchas.

El miedo te paraliza, analizando si lo que estás a punto de hacer realmente vale la pena; la soberbia te enceguece, creyéndote más o mejor que los demás y no eres capaz de mejorar, pues te consideras perfecto; la envidia te inmoviliza deseando  lo que son o tienen los demás y no eres capaz de desear y hacer lo que es bueno para ti y el dolor nos hace vulnerables.

La revolución sana, libera y te da paz, esa paz que sólo se logra cuando te decides a decir: “Despídete, porque te vas” o “no quiero más de esto” o “ya fue suficiente”

Para decirlo hace falta valentía, coraje y decisión, en fin hace falta tu revolución…

 

Tenemos exactamente lo que merecemos

Suena duro, quizá cruel pero es así. No tenemos más ni menos de lo que merecemos. Algunos se preguntarán entonces merezco este dolor, esta soledad, esta duda, esta incertidumbre, pues la respuesta a todas esas interrogantes está en nuestro interior. Nadie se cuestiona cuando suceden cosas buenas, que igualmente y sin duda merecemos . Sin embargo, la vida no es siempre color de rosa. Hay situaciones que nos obligan a ser fuertes, a madurar, si no fuera por ellas nos quedaríamos cual pichones en sus nidos, sin jamás aprender a volar, o como una mariposa en su capullo que sin el esfuerzo de romperlo para salir, no se convertiría en una hermosa mariposa.

Pero ¿somos realmente capaces de enfrentar esas situaciones y superarlas?, dependerá de cada uno. Tomamos decisiones permanentemente, la dificultad consiste en estar preparados para enfrentar las consecuencias de esas decisiones. Ahora bien, en lo que se refiere a las ofensas recibidas, pues hay un tema muy interesante, hasta cuándo voy a permitir que esa ofensa siga surtiendo efecto en mi, en mi vida, en mi actitud, en mis reacciones ante todo lo que sucede. Esto es como poner sal en la herida, sabemos que va a doler, pero nos gusta. Y aún si decidí perdonar ¿continuaré eternamente recordando la ofensa y a quién me ofendió? Nuevamente, es mi decisión.  Dicen que guardar rencor es como tomarse un veneno y esperar a que otro se muera. Nos hace daño, nos desgasta.

No me imagino cómo sería realmente disfrutar un día, si cargo con el eterno recuerdo de acciones o hechos  pasados. Y esto no significa olvidar,  porque bien dicen por ahí, perdona pero no olvides, debemos estar atentos siempre, porque a veces las personas en las que confiamos ciegamente son capaces de hacer cosas que no imaginamos. Confiar sin dudar, no es recomendable.

Nadie es 100% confiable y esto me incluye, en algún momento he tomado decisiones incorrectas, que han herido, que han dañado. Pero eso no es constante al igual que todo, tenemos buenos y malos momentos. Esas decisiones no nos definen del todo, nos define la actitud que adoptamos para hacerle frente a lo que nos sucede, eso demuestra mejor quiénes somos.

Hay algo muy importante aquí y tiene que ver con quién queremos ser, quiero ser yo auténtico o quiero ser alguien más para encajar, complacer o que me acepten.  Hay casos y casos, por ejemplo las personas que olvidan sus acentos nativos y adoptan alguno, para parecer sofisticados o interesantes, aún viviendo en sus países de nacimiento; se que esto pasa cuando vives mucho tiempo en ciertos lugares es inevitable mimetizarse con el medio, pero por favor no nos engañemos vivir en el trópico y pretender un acento ibérico, o sea ¿es realmente necesario? O el caso de una persona que a sus 25 años viajó al extranjero por una semana, al volver ya no recordaba a qué hora abrían y cerraban los almacenes en su país, jejeje, sin palabras.  Entonces cabe preguntarse “recordamos quiénes éramos, antes de que nos dijeran quienes debíamos ser”.

Voviendo al tema de lo que merecemos, es nuestra decisión; cómo enfrentar lo que nos pasa,  será nuestro cielo o nuestro infierno, lo que decidamos nosotros que sea. Esa responsabilidad no es de nadie más, no debemos ni podemos culpar a terceros de lo que nos sucede, incluso de nuestras tristezas, porque cada uno de nosotros es capaz de darle alas y fuerzas a esas situaciones, somos nosotros quienes le permitimos dañarnos o hacernos más fuertes. Al fin y al cabo “Las ofensas son como piedras, si las guardamos su peso nos hará caer”

 

 

Discapacidad social o actualidad virtual

En qué clase de discapacitados sociales y sentimentales nos hemos convertido?

Somos más sociables porque tenemos 300 amigos en facebook?, o nuestra fe es más grande cuando agradecemos a Dios a través de las redes sociales las bendiciones de cada día? O quizá somos más felices por cada foto (p’al face) que publicamos con nuestra mejor sonrisa?

Somos más fieles o comprometidos cuando en nuestro estado sentimental somos capaces de elegir o indicar que estamos “en una relación con fulanit@”

Quisiera aclarar que no estoy en contra de las redes sociales, al contrario hago uso de ellas: para informarme (de chismes y noticias por igual), para reírme, para comunicarme, sin embargo me parece que no son un instrumento de medición, ni sirven para catalogar ni clasificar a nadie. Que cuestionen la persona que soy, basados en mi actividad o inactividad en Facebook, whatsapp, twitter, etc., me parece incorrecto. Soy libre de elegir cómo, cuándo y con quién comparto mi información y lo que me parece interesante o importante.

Al parecer ahora la premisa es “posteo, luego existo” o quizá “postear o no postear”, esa es la pregunta.

Mi duda es hasta dónde es permitido dejarse influenciar por estas redes? Emocional, anímicamente, socialmente (he aquí la paradoja: son redes so-cia-les, se usan para “socializar”) El tema es que esa socialización es virtual, no real, no en persona.

Qué interesante es escuchar (o decir):

– sí l@ conozco, claro somos amigos en facebook, nos seguimos en twitter y en instagram!

Y en tu vida no l@ has vist@! Nunca!, no l@ conoces!, sin embargo es tu amig@!!!!

Es que acaso debemos redefinir la palabra amig@?

O replantearnos la importancia de las relaciones, tomando como termómetro o barómetro (dependiendo de lo que quieran medir) nuestra “popularidad” en las redes??

Algo triste para reflexionar; ahora para variar debo preguntarme: soy mejor persona por publicar esta reflexión? Jajajajaja, mi respuesta es NO, simplemente es desahogo!