CUANDO DEJAS ENTRAR UN SIMIO EN TU CASA

Enamorarse es una de las experiencias más agradables de la vida.  Hay factores que pueden hacer esa experiencia aún más maravillosa y aunque esa historia no termine siendo un “felices para siempre”, deja una enseñanza y ese es el valor que va a tener en nuestra vida.  Y si esa persona resulta ser el indicado o indicada pues cuanto mejor.

Sin embargo, el problema es cuando te fijas en la persona equivocada, eso es similar a dejar entrar un simio a tu casa: lo revuelve todo literalmente, tanto a nivel físico como espiritual. Va tirando lo que encuentra en su camino, sin importar las consecuencias de sus actos, de sus movimientos. Cambia las cosas de lugar, juega con todo lo que cae en sus manos, hace gracias y necesita que todo el tiempo le aplaudan y celebren sus hazañas.

Aquí debo decir que la comparación con el simio, a veces va mucho más allá de la metáfora, pues esa persona equivocada literalmente parece y se comporta como un simio. Un simio que necesita ser el centro de atención, que necesita ser atendido, que no es capaz de decidir qué ropa ponerse, que no es capaz de ponerle mantequilla a su propio pan, que llora porque ha sentido o imaginado cierta actitud de desprecio hacia él. Espera ser querido, sin embargo hace daño y luego se hace la víctima y llora.  Este tipo de persona no es capaz, ni por un segundo de pensar en las consecuencias de sus actos, muchas veces premeditados y bien planeados y mucho menos está en condiciones de hacerle frente a esas consecuencias. Este personaje simplemente “cae en la órbita” de los demás, dejando así el margen para justificar sus actos, diciendo que todo lo que hizo fue por una influencia externa, lo obligaron: el jamás quiso.

Y así este personaje se convierte, luego de ser el simio de las gracias, en un pelele que no tiene capacidad de discernir entre el bien y el mal, que es arrastrado por corrientes ajenas a un abismo al cual no quiere llegar, que es una pobre víctima de los deseos de los demás, un mequetrefe sin voluntad propia que se escuda en el llanto y el sufrimiento, para no enfrentar el resultado de sus mentiras.

Es indescriptible el gozo que puedes llegar a sentir cuando ese simio desaparece de tu vida. Luego de una experiencia como esa solo puedes agradecer, las enseñanzas que te dejó, las experiencias vividas, pero sobre todo la libertad, el aire puro y limpio que puedes respirar, cuando ese aliento asfixiante ha desaparecido al fin.

Lo único que puedes pedir es que el zoológico en el cual se encuentra actualmente, lo tenga a buen recaudo.

 

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